miércoles 22 de abril de 2009

Para recordar

Nos quedamos tirados en medio de la ría. A pesar de las risas, os puedo asegurar que cuando una chalana pasaba a lo lejos, el tono de las llamadas, es decir, los gritos, se hacían mas intensos. Comenzamos a preocuparnos.
Menos mal que en el mar siempre hay gente. Buena gente, de los que ponen buena cara si tienen que suspender su tarde de pesca para acercarte a tierra con un pequeño motor de 5 caballos y paciencia, mucha dosis de paciencia.
Vayan nuestras más sinceras gracias a Manuel y a su jubilado compañero.

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domingo 5 de abril de 2009

Salimos de paseo... por fin !!

Ya no podíamos más. Al menos yo. A falta de una inmersión, ese día hicimos 4 en una mañana. No os voy a contar nada. Apenas pude hacer una docena de fotos. La visibilidad, no muy buena, y la corriente hicieron que tuviera que conformarme con el paseo.
De la primera inmersión, de apenas veinte minutos, la solitaria imagen de un coral blando a 32 metros impresionó a los que allí llegamos. La oscura soledad albergaba belleza. El momento, efímero, de gloria no buscada había llegado. Se disparó el flash. El potente INON- Z240 despertó a cada uno de los seres que componían aquel organismo. Ahora todos sabríamos de su existencia. Nada es en vano. Nada inútil. Todo esfuerzo tiene respuesta. Cuando volví la espalda, todo a su alrededor volvió a la penumbra. El instante de luz ,de sorpresa generada, de esplendor, pasó. A partir de ahora vería el pasar del agua, de los pequeños organismos, y de los grandes también, sin que nunca nada vuelva a ser igual. En ocasiones recordará el ser que lo iluminó, que lo transformó en luz y, seguramente, sonreirá . Nos quedan los recuerdos del que pasó por nuestro lado y nos hizo vibrar. Marcó la diferencia. Ahora hay un antes y un después, y el eterno recuerdo amargo que todos los días nos invita a sonreir.

Después de 15 minutos y habiendo comprobado que nada se nos perdía en aquel inhóspito lugar, ascendimos. El agua a 10º, no invitaba a invertir el tiempo, mi tesoro, allí. 35 metros de máxima, 21 minutos de inmersión. No deco time.

En las otras inmersiones en aguas someras, se podía empezar a palpar la primavera. Plancton y arena que el reflujo de la marea levantaba, cubrían y enterraban la vida en cada vaivén. Entre las rocas, los cangrejos apenas disimulaban sus ganas de salir de paseo. El mar notaba la estación y en cualquier rincón bullía la micro-vida. Anémonas de largos brazos, laminarias que crecían con cada ola, pulpos, chopos, sarretas, sargos pequeños en tamaño y grandes en número, pintos, maragotas, serranos, lorchos, chascas y grandes lubinas encovadas, tímidos congrios, peces pipa, lechuga de mar en un mar de lechuga, doncellas, centollas pateiros y patelos, peces luna, ballestas y de san pedro, camarón, santiaguiño, rayas mosaico, tembladeras y otros seres. Todos a tu alrededor. Y entre ellos y tú, una densa neblina de finos hilos y pequeños seres que señalaban el límite de tu desvergonzada injerencia en el mundo de los que viven en el agua.

Al divisar el puerto de Cee, Raul decidió el lugar de fondeo. Fernando visualizó la marca que el sonar de barrido había impreso sobre el GPS y con la tecla del zoom se aproximó hasta situarse en la misma vertical. Nos dejamos caer hacia atrás. No llegué a ver la superficie de nuevo. Aleteé hasta que alcancé el fondo, sin esperar al compañero que a mi lado hacía señas para bajar, si ello fuera posible, más rápido. Trazamos un rumbo en espiral, hasta los ocho metros de radio, sin hallar resto alguno. Ascendimos. Si buscas, no siempre encuentras.


continuará ...

Dedicado a Rubén. Enhorabuena por esas notas.






sábado 24 de enero de 2009

Sigo en el dique seco.

El martes hable con Fer. Quedamos en avisarnos si había cena. Antes de marchar, me advirtió del temporal que visitaría la costa ese viernes. Prudencia.
El jueves me confirmó la predicción del día anterior. Los colegios mandaron avisos de cierre, la flota se guareció en puerto y los más precavidos llevaron a tierra sus lanchas. Manolo dejó su lancha donde estaba y Genucho revisó los amarres del "viento y calma". Aquella noche no durmió.
Oscurecía el viernes cuando salí de casa. En el tramo hasta Vimianzo las cosas fueron de mal en peor. El viento empujaba ahora de cola, ahora de frente, ahora de lado, haciendo que la dirección del coche se estremeciera a cada metro. Ramas rotas, plásticos volando y la lluvia, impertinente y emboscada en la noche, rasgaban la suave melancolía de Carlos Cano. El vehículo todavía gastaba un radio-casette Pioneer de hace 9 años, para el que todavía disponía de una espléndida reserva de cintas. Me negé a cambiar de aparato por el mismo motivo que quise quedarme el coche de Papá. Era su coche, su radio y sus cintas. Sentía su presencia cuando manipulaba la radio mientras me decía: " Neliño, cuando te cortarás el pelo?". En la boda de mi hermano mayor cumplí su deseo. Cuando Papá se fue, todos nos fuimos un poquito con él. En todos quedó gran parte de él.
Sardiñeiro. Aquella noche oscura, lo era más que otras. Apenas podía distinguir las casas y los portales mientras lo atravesaba. En el límite de la aldea me percaté. No había luz. Miré al cielo y descubrí jirones de estrellas entre siluetas negras. Me apresuré lo que el viento me permitía para llegar al alto de Talón. Giré describiendo una maniobra prohibida sin que ningún coche me lo impidiera. ¿Aparqué?. Me asomé al balcón del mirador y descubrí una flota de mercantes al abrigo de la ensenada que forma el cabo. Encendidos como arboles de Navidad, se movían lentamente para compensar la deriva y el abatimiento. "doscientos metros el más grande". Miré al cielo y descubrí un claro salpicado por infinidad de estrellas formando un manto largo y lejano que sólo recordaba de los días de chaval cuando, a Forcarei, nos envíaban de campamento. Hermoso. Volví empujado por el viento a la cabina. El vendaval de Sur parecía querer conducir el Audi a su antojo, al igual que abajo en el gran azul, en la noche, manejaba enormes barcos. Deseé que alguno se hundiera, o varios, si fuera posible. Mi afición por los pecios crecía de forma enfermiza tras semanas de inactividad subacuática.

Las luces del coche mostraban paso a paso el destrozo que iba causando la noche. Vallas de obra tiradas, carros de basura que atravesaban la carretera, ramas que golpeaban el coche,... ninguna luz. Ningún signo de nada. La única luminaria del pueblo se exhibía en la fachada de la lonja por tener esta un generador propio. La lonja. ¡Qué buen día para que el viento se llevara aquella mole!.
Aparqué el coche en la plaza y miré hacia el bar. Dos siluetas levantaron los brazos. Me aproximé con la gorra calada y saludé a mis amigos. Estábamos a oscuras desde hacìa más de 2 horas. Eramos 10 a cenar y la mesa esperaba. El resto llegó poco a poco y tras resolver el problema de la iluminación con un generador de gasolina y la bombilla de 200 vatios, se sirvió el lacón. Hacía tiempo... buenísimo.
Daba gusto oirlos hablar tras una buena comida. Nada es tan grave ni tan importante. Parece que todo se puede solucionar con la siguiente taza de vino. Allí mismo. Pero el Paternina no hace milagros. Llegó el momento de hablar de Obama.
- eu non son racista. Non podo ser.

- pois eu si. Non podo cos negros, e ese Obama vainos meter no peor. Andábamos jodidos, pero con este, imos chega-lo fondo. Esperade e xa veredes.

- pois eu non, carallo. O que che pasa é que non viaxaches abondo. Si viaxaras non terías o aquel que tes contra os negros.

La luz volvió. Los neones se encendieron y el ruido de la television enmudeció a los presentes. La luz vibró y desapareció de nuevo.

- cando estibera embarcado na campaña de Sudafrica, nunha ocasión que estaba no camarote, oín ruidos na cuberta. Quedén como estaba. Sentín correr pola banda de babor, e como non me pareciu nada raro, seguín durmindo. Volvín a sentir batifondo e abrín os ollos. Nese momento cando mirei había unha negra no camarote espíndose xunto de min. Xa non dixe nada. Mirei pa ela, mirou pa min e cando me di de conta a tiña encima poñendo un lance como un cabalo. Eu tiña veintidous anos. Noviño. Outra vez sentín que gritaban fora, falando un non se qué dun negro que roubara. A min tanto me tiña que o que eu tiña encima miña era una negra, non un negro. Seguro que a negra era pa entreter. A min pareciome. Miña nai, o mellor lance da miña vida. ¡Entendes porqué non podo ser racista! .

(Verírico).

lunes 24 de noviembre de 2008

historias...sin buceo.

Noté el mal tiempo horas antes de que sucediera. Eso y la obligada visita a la página de windgurú. Había llegado a Fisterra por la tarde. Después de currar y hasta bien entrada la noche, no me percaté del ruido de fondo que generaba la tormenta. No era el verano que esperaba. Ni yo, ni nadie. Me consolé pensando que el invierno sería, al menos, como el anterior, y se me antojaba altamente improbable que del cielo pudiera bajar más agua.

Sabiendo con seguridad que por la mañana el buceo sería imposible, llamé a Pepe y a su hijo para cenar. A la salida del trabajo el Sur soplaba con fuerza empujando violentas gotas a mi cara. Entré en el coche. Elena, con los ojos abiertos más allá del límite, mostraba severa preocupación. No sin esfuerzo cerré la puerta.

Los escasos diez kilómetros hasta playa Langosteira me parecieron más largos aquella noche. La fuerza del temporal ahogaba en susurros la música del dial. Apagué la radio y escuché el run run atronador del agua y el batir del limpia parabrisas. Las luces reflejaban la húmeda cortina tras la cual ni los faros podían adivinar que escondía la oscuridad. Aparqué cerca de las escaleras de subida al bar. Arriba, en el primer sorbo de vino, estaban esperándonos. Fuimos puntuales. Aún así siempre hay quien lo es más. Nos habíamos encontrado en la boda de su sobrino Antonio y planeamos sin fecha una cena. Pepe siempre cuenta cosas, siempre interesantes. Siempre le escucho con gusto. Siempre. Apuraba la segunda cerveza y probaba con verdadero desinterés las zamburiñas que nos ofrecía el dueño. El ambiente recogía el olor de las algas y la arena, del mar y el laurel, que en esos momentos emanaban de la cocina, donde se cocía nuestro inmediato futuro entre fogones y perolas.

Decidimos tomar la siguiente sentados a la mesa. Escogimos la más apartada del centro, la que recibe todo el peso del temporal y que, en ligera penumbra, divisa lo de fuera y lo de dentro.

Pepe tiene 56 años mal contados. Pensionado desde hace al menos 9, es viudo desde hace 7 años.
No recuerdo porqué, aunque creo que fue mi curiosidad la que le obligó a recordar a sus amigos Casais y Paiño . Pepe trabajó duro cuando le tocó. Y le tocaba por aquel entonces en todas y cada una de las campañas a las que la vida y la marea le obligó a acudir. Terranova. Africa. De la primera no se quiere ni acordar, sólo desear que nadie se vea obligado a ganarse el pan en lugares donde el sudor de la frente se hiela antes de brotar. Cuando recuerda Africa su cara recupera el color. Allí se iba a la merluza. Su barco tenía grandes bodegas para almacenar el pescado y la correspondiente sala de preparación. Los turnos se establecían con límites estrictos de tiempo. En la sala de preparacion el frío era tal que, permanecer allí más de treinta minutos, significaba una muerte cierta. A Pepe, Casáis y a Paiño le reservaban el último turno de aquel día.
Los grandes peces entraban por un orificio de medio por medio metro y, canalizados por una guía, llegaban a una mesa en la que se recogían y se ordenaban para que el siguiente en la cadena cortara colas y después cabeza hasta que, una vez vacío, el último los apilara en la cámara. Se sudaba de lo lindo. La ropa térmica era tan incómoda como necesaria. Así pasaron el cuarto de hora que como máximo podían estar. Se cerró el tambucho de entrada de pescado y se dirigieron a la pequeña puerta de salida. La puerta se hacía rogar y como en otras ocasiones el responsable era el frío. No temían por su seguridad ya que el contramaestre se encargaba de vigilar el cambio de turno. Pasados un par de minutos comenzaron a imaginar lo que sólo entre bromas habían dicho. Gritaron cada vez más fuerte. Nada. La cámara estaba bien aislada. Golpearon techo y paredes sin respuesta. Paiño y Pepe decidieron moverse imaginando que alguien se daría cuenta de su ausencia. A los diez minutos, Casais había dejado de hablar y no respondió cuando le gritaron. Pepe pensó que iban a morir. Dejaron de sentir dolor. El frío que golpeaba sus cuerpos paso a ser una cálida sensación de sueño. Dejó de importarles si la puerta se abría o no. Se abrió. Salieron conscientes de allí. Excepto Casais. Los llevaron a la cocina y les dieron unos vasitos de caña para que entraran en calor. Las friegas de vinagre que les aplicaron hicieron el resto. Con el otro era diferente. El contramaestre no paraba de golpear su cara. Una y otra vez el aire explotaba atrapado entre la cara del hombre de hielo y pala que, el contramaestre, tenía por mano.

-e tiñas que ve-las-, dijo riendo.
Recobrando la compostura, Pepe, recordaba.
-Pensabámos que xa non despertaba. Para nos xa estaba morto cando, abríu un ollo e dixo mirando ó contramaestre: "mellor buscar porto seguro porque os pantocazos vanme desfaze-la cara"

Casais se recuperó con la ayuda de la caña, que tantas vidas ha salvado.
Afuera, el temporal arreciaba y la noche se cerraba aún más.

jueves 23 de octubre de 2008

La gruta del cabo

Aquella mañana después de arreglar un par de asuntos, llamé a Fer para ir a bucear. Era un plan ya trazado. Nos encontramos en la tienda y preparamos con rapidez los equipos. Despachaba gente con un Cressy seco de neopreno, mientras yo montaba el equipo de siempre. La Ixus 850IS y yo manteníamos una relación de amor-odio, desde hacía algunos meses. Mientras estuviera conmigo yo no miraría a otra, aunque, en silencio, deseaba a su hermana pequeña. La canon G9 era la respuesta a mis plegarias. Su oscura silueta y su poderoso ataque en las distancias cortas, me habían desarmado desde el día que la vi. Compensaba sus carencias, con la poco frecuente capacidad de abarcar el máximo con una mirada... Me había prometido no abandonar a mi compañera de tantas excursiones aunque su hermana entrara a formar parte de nuestras vidas y nuestros buceos. Ahora sólo faltaba el dinero para poder comprarla!!

En estas y otras, menos disparatadas, cosas pensaba cuando acabé de montar el equipo.

Salimos hacia el cabo. Con un Nordés que levantaba borreguillos desde hacía un par de horas, pasamos por Cabana y besamos la punta del Cabo entre los bajos donde yacían restos de barcos centenarios. Entramos en el pasillo que deja el Centolo por tierra y nos dirigimos a la gruta situada bajo el antiguo vertedero. Hace ya años que, por fortuna, y gracias al padre de Carrillo, no funciona como tal, pero todavía perduran los restos en el fondo del mar. Fondeamos a 5 brazas. El cabo del rezón se perdía de vista a los 4 metros. Mala visibilidad. Decidimos bajar y dirigirnos hacia el petón para buscar agua si no mejoraba. Más que corriente, percibíamos un reflujo desagradable para el aleteo que tratamos de compensar dejando al vaivén que trabajara por nosotros. 
Los sargazos habían crecido con fuerza y sus tallos ya medían casi tres metros. Avanzamos entre ellos con relativa facilidad. La visión podría calificarse de buena llegando a los 7-8 metros. Nos dirigimos al Oeste ganado agua. La vida escaseaba, y así me lo hacía saber mi compañero con gestos. Al llegar al minutos 23, y con 13 grados, decidimos virar a Sur para regresar dando un pequeño rodeo. La rocas salpicadas por sargazos dieron paso a otro tipo de paisaje, con grandes bolos tapizados de algas rojas con forma de pompones. La vida empezó a fluir. Covas con grandes róbalos, sargos y doncellas. Agitando enérgicamente las manos, mi guía, hizo que me dirigiera a su encuentro. Reconocí el miedo en forma de escalofrío al verlo. La cabeza de un enorme congrio amenazaba fuera de su refugio. Las maniobras eran cuando menos complicadas en una zona de corriente y nada me impediría chocar contra él. Intenté con poca fortuna disparar desde donde estaba, pero la cámara se bloqueó. El roce del objetivo en zoom contra el cristal del puerto, obliga a reiniciar el artefacto. El bicho, a pesar del follón que intentaba no montar, observaba desde su agujero. Su tranquilidad se basa en un ridículo círculo de enemigos y amigos. En la angustiosa calma que estaba intentando mantener, Fer me hacía señas para que bajara al nivel de la culebra. No me contuve y le enseñe el dedo corazón de mi mano izquierda izquierda mientras flexionaba los otros cuatro. Me entendió. Se rió dejando escapar nubes de aire por las bigoteras. Sabía muy bien que ese gesto no entra en los manuales de buceo, pero es el que mejor resuelve una indicación poco sensata. Hay que añadir nuevas entradas en el lenguaje de signos a esto del buceo. Imprescindible y clarificador.

Me entretuve disparando sobre pequeños invertebrados a corta distancia. Los nudibranquios, camarones, centollas y algún que otro santiaguiño nos alegraron el regreso al cabo. Los sargazos disminuyeron en altura y aumentaron en densidad haciéndose penoso intentar navegar bajo ellos. El bosque de Endor. Decidimos entonces volver a la nave sobre sus copas. Ascendí tras mi compañero. Algo enganchó el equipo. Aleteé para liberarme. Lo intenté dos veces más sin resultado. Hice un par de giros bruscos sin conseguir resultados. Mis dedos intentaron recorrer los latiguillos sin conseguirlo. Mierda!!... no lo pensé. Fer estaba fuera de mi alcance y la chicharra-sub estaba encima de mi mesa de trabajo pendiente de reparación. Dejé que la cámara se hundiera suavemente con todo el aparataje que la acompaña. Envié al fondo la lámpara y liberé los cierres. Mordí con fuerza la boquilla del regulador. Me así con fuerza a una hombrera intentando no "aboyar". Todo el lastre estaba situado en el jacket. Flotaba cabeza abajo por culpa del traje seco y aunque no era la primera vez que me encontraba en esta situación si que era la primera vez que lo hacía fuera de la piscina, con un traje seco, sin lastre en la cintura y con mi compañero fuera de mi alcance. No sería un problema siempre que no me soltara del equipo. Extraje el cuchillo del manguito del hinchador. En la primera ojeada encontré un grueso sedal que enganchaba por el seno del anzuelo el latiguillo del octopus. Estaba encajado así que corté el nylon. Fernando estaba a mi lado mirando la jugada. Me preguntó con dos dedos de su mano derecha sin todo iba bien. Le respondí de igual manera. No habían pasado más de veinte o veinticinco segundos desde que noté el enganche. Bucear exige aplicar 2 tipos de respuestas : las respuestas automáticas que resuelven situaciones comprometidas y las meditadas que son las que hacen que sea posible tomar una cerveza y contarlo cada día. Hacía frío y el cabo estaba cerca. Basta de sorpresas por hoy.

martes 17 de junio de 2008

en el aquario..

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martes 10 de junio de 2008

Llegó el Verano...

El rosa pálido del granito sobre el cual, el faro, nos miraba, se reía de los tres. Salimos esa mañana confiando que la protección que nos ofrecía su visión amable, impidiese que el Nordés nos alcanzara al Oeste de la Lobeira Grande. El abrigo no impedía que olas de dos metros zarandearan la embarcación. Lo propio pasaba en el fondo, que se veía atormentado y, en su enfado, expulsaba nubes de algas en forma de grumos, partículas y arena. No se veía una mierda. Veníamos de El Gavoteiro alegando las mismas razones para no haber buceado allí. Pero no nos ibamos a rendir.
Enfilamos la ensenada de la ballenera y fondeamos de prestado. Conocíamos aquella zona y decidimos el recorrido con un gesto. No medió comentario alguno. Por muy sencilla que parezca un inmersión, cuando se complica no lo parece tanto. Ajustamos la flotabilidad al máximo y en un exceso de confianza, erramos. Fer prestó su lastre y después de intentar bucear a 7 metros con 5 kilos y un traje seco, desistió y nos quedamos Amando y yo bajo el agua. El verano se aproximaba y las algas emergían con fuerza donde antes sólo había rocas. El fondo desaparecía tapizado por una espesa capa de alga verde, y los despojos de ballenas y cachalotes que ensombrecían, semanas atrás, la ensenada, desaparecían tras los vivos colores que prestaban aquellas. No por ello me parecía más amigable.

Mi compañero de inmersión, lego en estos buceos y parajes, disfrutaba de cada aleteo que daba. Con frecuencia, al mirar atrás me lo encontraba alegremente despistado a unos metros, con la cabeza dentro de una cueva, o semi escondido tras un bosque de algas. No tenía prisa. Esperaba con paciencia y reanudábamos la marcha.
Visitamos a las rayas mosaico, la tembladera, al pez pipa, a la fuente de grandes camarones envejeciendo seguros, al amparo de la planeadora que yace sobre el manto de posidonia y, en esta época, practicamente cubierta de algas. Sepias, grandes pintos, y diminutos peces que aburren de abundancia.
El verde intenso sacudía la retina cada vez que el sol se desplomaba sobre el gris del agua. La luz acuchillaba el mar entregándose, mártir. Nos veíamos sorprendidos por el despliegue de color que nos regalaban. Disparaba la cámara evitando la luz artificial. Nervioso, por el momento y la oportunidad, toqueteaba los mandos de la Ixus, eliminado el flash, modificando la sensibilidad, cambiando el modo y ... buscando el motivo. Las prisas no son buenas, pero la experiencia de estos momentos es siempre positiva. Ahora soy rapidísimo con el pulgar derecho. Antes era zurdo... o eso pensaba.
- buscamos sangre humana en su tractor
- sí, no me diga?. y usted es...
- Grishom: C.S.I. y usted...
- jardinero: Master del Universo